El 28 de enero de 1986, hace hoy 25 años, a las 17:39 hora de España, 73 segundos después de despegar en la misión STS-51-L de la NASA y a una altura de 14,6 kilómetros, el transbordador espacial Challenger se desintegraba en medio del aire y morían sus siete tripulantes, dando lugar a una de las imágenes más representativas del siglo pasado.

La causa última de su desintegración fue la separación parcial del propulsor de combustible sólido derecho, producida por una fuga de gases en ignición que quemaron su soporte inferior debilitándolo hasta que se rompió, quedando el propulsor medio suelto.

Esto hizo que de repente el Challenger empezara a volar de lado, quedando expuesto a unas fuerzas de aproximadamente 20g, muy superiores a los 5g para los que estaba diseñado, que provocaron su destrucción.

 Pero como sacó a la luz la investigación posterior a la destrucción del Challenger, ya desde 1977 se sabía que las juntas tóricas que sellan la unión entre las diferentes secciones que forman los propulsores eran muy sensibles a la temperatura, volviéndose rígidas y frágiles con el frío, y el lanzamiento del Challenger aquel 28 de febrero se produjo a una temperatura inferior en unos 12 grados a cualquier otro anterior.

Se sabía también que si fallaba una de estas juntas no había ningún mecanismo de respaldo que pudiera contener la fuga de gases.

Pero a pesar de esto los responsables del centro Marshall de la NASA, donde se desarrollaron los sistemas de propulsión de los transbordadores, decidieron que esto era un riesgo aceptable sin hablarlo con nadie más que con el fabricante de los propulsores, algo que de hecho iba contra las normas de la agencia, que exigían que este tipo de decisiones fueran consultadas con alguien ajeno al proceso.

De esta forma, ninguno de los gestores del programa de los transbordadores que podía haberlo detenido hasta que se hubieran solucionado estos problemas era consciente de que este existía, y ninguno de los ingenieros que en el día del lanzamiento mostraron su preocupación por la baja temperatura y sus posibles efectos sobre las juntas en cuestión pudo hacer llegar su mensaje a las personas adecuadas.

De hecho, además de ordenar el inmediato rediseño de los propulsores de combustible sólido, el informe de la comisión encargada de estudiar el desastre del Challenger criticó duramente las carencias de la NASA en cuanto a la gestión de la seguridad y la estimación de riesgos. En palabras de Richard Feynman, uno de sus miembros, «para disponer de una tecnología de éxito la realidad debe prevalecer sobre las relaciones públicas, ya que a la naturaleza no se le puede engañar».

Las claves de la tragedia
Con todo, la parte más escalofriante del desastre del Challenger es que aunque en general asociamos la tristemente famosa imagen con una explosión, en realidad no hubo tal explosión, sino que lo que se ve es la nube de humo y vapor de agua causada por la deflagración del hidrógeno líquido que portaba el tanque de combustible.

Y por muy duro que suene, hubiera sido mucho mejor que sí se hubiera producido una explosión, porque dada la potencia explosiva almacenada en el depósito de combustible, esta hubiera acabado instantáneamente con los siete tripulantes del Challenger, entre los que se incluía Christa McAuliffe, la que iba a ser la primera profesora en el espacio.

“Todo parece indicar que los siete sobrevivieron a la desintegración inicial de la nave“

En su lugar, y aunque nunca lo sabremos a ciencia cierta, todo parece indicar que casi con toda seguridad los siete sobrevivieron a la desintegración de su nave, pues la cabina, uno de los componentes más resistentes de esta, se desprendió entera, y cuando se localizaron sus restos se pudo comprobar que varios de los equipos de a bordo estaban en una configuración distinta a la del despegue, lo que indica que al menos alguno de los tripulantes seguía con vida y consciente después de que todo se fuera al garete.

La duda está más bien en si estaban conscientes o no cuando 2 minutos y 45 segundos después de la destrucción de la nave y tras haber alcanzado una altura máxima de 19,8 kilómetros la cabina chocó con la superficie del Atlántico a una velocidad aproximada de 333 kilómetros por hora, lo que provocó una deceleración bastante por encima de los 200g, mortal de necesidad.

Afortunadamente, es muy probable, de todos modos, que en el momento del impacto final estuvieran ya inconscientes por la falta de oxígeno, ya que la cabina había perdido su estanqueidad.

En cualquier caso, no disponían de ningún mecanismo de escape, por lo que estaban condenados desde el momento en el que su nave se desintegró.

La pérdida del Challenger, además de un parón de 32 meses en las misiones de los transbordadores espaciales mientras se analizaba qué había pasado y qué había que hacer, provocó una serie de cambios en las normas y en la organización de la agencia que pretendían corregir estas carencias.

Pero no parece que tuvieran el efecto deseado, pues cuando el 1 de febrero de 2003 se perdió el Columbia, de nuevo con toda su tripulación abordo, los ingenieros que sospechaban que podía haber algún problema serio con la nave no consiguieron que se les hiciera caso, aunque eso es otra historia.

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